Leemos  en Diario Médico que un estudio publicado en la revista Nature ha identificado una proteína, la CPEB4, que coordina la expresión de cientos de genes necesarios para la actividad neuronal, alterada en el cerebro de los pacientes con autismo.

Estos avances nos congratulan, pues ayudan a desmontar un poco más el viejo mito sobre la vacuna triple vírica como causante del trastorno del espectro autista (TEA), propagado maliciosa y fraudulentamente por A. Wakefield, médico al cual, el Consejo Médico General del Reino Unido  le revocó la licencia para ejercer.

A pesar de la gran cantidad de pruebas que existen sobre lo seguras y eficaces que son las  vacunas, algunos padres siguen optando por no vacunar a sus hijos, o por retrasar sus vacunaciones por este motivo. Desafortunadamente, en la mayoría de los casos los TEA se manifiestan en los primeros 5 años de vida y  son coincidentes con la mayoría de las vacunas que se administran en la infancia. Ello favorece la falsa creencia de que estas vacunas producen autismo y por esta razón, muchos padres dejan de vacunar a sus hijos. No vacunar no deja de ser una decisión comprometida, porque hace que, enfermedades como, por ejemplo, el sarampión, sigan existiendo y aumentando a nuestro alrededor. Cuanto más sarampión entre la población, más riesgo de graves complicaciones y muertes, como viene ocurriendo los últimos meses en Europa.

Recordemos que la vacuna contra el sarampión (incluida en la triple vírica) ha salvado a más de 20 millones de niños en 15 años, pero a causa de esta enfermedad,  aún fallecen cada dia  cientos de ellos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) da la cifra de  90.000 personas al año  y algunos cerca de nuestra casa. Tan cerca  lo tenemos que, más de 41.000 niños y adultos han contraído la enfermedad solo en los seis primeros meses del año en la Región Europea, cifra 4 veces más elevada que la que se dio en el mismo periodo en 2017 y con ello prácticamente se igualan en número de casos que los acontecidos en la región del sudeste asiático.
En España, a pesar de las altas coberturas de vacunación, al menos con la primera dosis, se acumulan, en este periodo, los mismos casos  de enfermedad que en 2016 y 2017 juntos.

Es cierto que a veces, los niños pueden tener una reacción a una vacuna, como febrícula o un sarpullido, pero está claro que el riesgo de tener reacciones graves a la vacuna triple vírica o a otras vacunas  es reducido, sobre todo si los comparamos con los riesgos asociados a la enfermedad (a menudo graves o mortales) que las vacunas permiten prevenir.

Un solo caso de sarampión tiene la capacidad de infectar entre 14 y 18 personas susceptibles. De ahí que, vacunar a nuestros niños no solo es un acto de amor, es también un acto solidario. Decidir no hacerlo o no favorecerlo son, sin duda, decisiones arriesgadas.